En el 1967 Gabriel García Márquez nos trajo una “lluvia de flores amarillas” que coronó la muerte del patriarca de los Buendías, José Arcadio. Hoy, algunas millas más lejos, pero todavía en la esfera mágica del Caribe, son almohadas las que llueven. Almohadas impregnadas de muerte, angustia y soledad que dominaron el panorama de la obra experimental el “Fin del sueño”, obra que se presenta en el teatro Victoria Espinoza por el grupo teatral Agua, Sol y Sereno en colaboración con Y no había luz.
La pieza, dirigida por Pedro Adorno, cuenta con una trama relativamente sencilla: una familia ordinaria de clase media sufre la muerte violenta de uno de sus hijos, Darío, y se debate entre el mejor camino para reconciliar la irracionalidad de tal acto con la vida que continua – ¿qué es mejor?: el olvido, la venganza… o la locura. Pero como buena pieza experimental el punto no está en qué se dice sino en cómo se dice. Y es aquí donde las almohadas hacen de las suyas, de ser un ícono clásico de paz y serenidad se vuelven un objeto problemático: almohadas que no permiten conciliar el sueño, que en vez de proveer comodidad lo que hacen es revolcar los dolores y remordimientos al punto de volverse armas con las que, literalmente, se sofoca a los personajes.
En este mundo donde las cosas no son lo que acostumbran son los espejos y su aparente “realidad” los que dominan, siendo el único elemento de escenografía. Pero esta “pobreza” escénica es adrede: el mundo de los personajes es un universo negro y enorme, cuya bastedad sin colores resulta opresiva. El gran tamaño del recién restaurado Victoria Espinoza resulta entonces de mucho beneficio pues permite que los personajes se muevan en múltiples espacios más allá de la tarima: enfrente de ésta, por detrás, e incluso por debajo, pero donde quiera que vayan sus angustias le persiguen y es imposible descansar, mucho menos soñar.
Otro elemento que resalta de la pieza, en adición al uso de la escenografía y el espacio, es la influencia de la danza a la hora de fijar las escenas. Si bien esto no es un musical y no hay irrupciones repentinas de coros bailando, la pieza aprovecha las posibilidades expresivas del movimiento y el ritmo. Constantemente se aprovecha la música en la pieza, incluso cuando los actores están hablando -algo que en el teatro tradicional resulta cuasi-tabú por la primacía que se le da a la voz por encima de todo.
Pero quizás lo más genial es como los actores tratan con tremenda naturalidad y respeto a sus personajes, nada de melodramas o de dicciones que gritan “mirame. soy actor.ESTOY AR-TI-CU-LAN-DO”. Independientem
ente de que sus personajes sean locos montados en seudo-carros hechos a base de computadoras y manos de maniquí, o alcohólicas desnudas, su humanidad es lo que persevera. Quizás el sueño tiene que llegar a su fin pero no necesariamente las ganas de seguir soñando.
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