En inglés existe la frase “he/she is a natural” para referirse a algún prodigio o persona con destrezas sorprendentes en un área. Al decir que es “un natural” se parte de que su habilidad viene por naturaleza o algo más que un alto entrenamiento, o sea, nació con eso… o, para ponerlo en palabras más lorquianas, tiene “duende”. Y si algo resalta de la carrera de Paul Taylor es esa recurrencia en “lo natural”. Esto porque con un entrenamiento muy mínimo (a penas algunas clases en universidad) en el 1952 ganó una beca de trabajo para el Festival de Danza Americana donde “capturó la atención de gigantes del baile como Martha Graham, José Limón y Doris Humphrey” (biografía de PBS). Fue precisamente Graham quien poco después le invitara a unirse a su compañía, en la que sería solista por siete temporadas a partir del 1955.
Mas la vida de Taylor no siempre pareció un ascenso constante en lo que a las artes se refiere. Según le contó a Lisa Traiger del Washington Post de pequeño la guagua que lo llevaba de la escuela a la casa pasaba por una galería donde se daban clases de artes y su madre le dejó tomarlas hasta el día que pasó por allí y la maestra le dijo que su hijo era muy talentoso. En ese mismo instante, ella lo sacó de las clases: “no quería un artista en la familia” indicó Taylor.

Paul Taylor, uno de los maestros de la danza moderna
Mas durante este tiempo su trabajo no se limitó a la Compañía de Danza de Martha Graham, también trabajó con otros coreógrafos importantes comos Merce Cunningham y, como parte del New York City Ballet, con George Balanchine. Y aún dentro de esta cargada agenda Taylor encontró el tiempo, y la inspiración, para crear su propia compañía la cual tuvo su primer tour internacional en 1960, cuatro años después de haberla iniciado con un pequeño grupo de bailarines de Nueva York. Hoy en día, aún cuando se retiró como bailarín en el 1975 es considerado por la revista Time como “the reigning master of modern dance”.
A pesar de los deseos que pudiera haber tenido su madre, Taylor dejó su Pensylvannia natal para irse a estudiar arte en la universidad de Syracuse donde también se destacó como deportista en el campo de la natación. Fueron quizás estos dos elementos (dibujo y deportes) los que le dieron suficiente bagaje como para contar con la sensibilidad y fuerza que requiere la danza una vez empezó a cobrar interés en ella. Mas esto fue en cierto modo un accidente, algo que se dio por el flujo natural de las cosas, todo empezó con hacerle un favor a un amigo que necesitaba una pareja en una pieza, y, como se diría clichemente, “nada volvió a ser igual”.
Quizás por esta aparente falta de entrenamiento en sus años de formación es que Taylor ha llegado a crear un estilo que sorprende a muchos por su ingenuidad, al punto de ser capaz de coreografiar bailes como “Esplanade” (1975) que Traiger describe como “una oda a caminar, brincar y correr que no incluye ni un sólo paso formal de baile”. Es esa misma ingenuidad en términos de los canónes formales del baile que permite no sólo que Taylor cree una pieza inspirada en algo tan ordinario como una muchacha corriendo para no perder su guagua (como en “Esplanade”), sino que tampoco discrimine en la música que utiliza.
Desde reggae hasta tango, Taylor se ha caracterizado por una toma de temas y melodías de la cultura popular americana para crear bailes en que resaltan la vigorosidad y el ritmo, siendo reconocido por su musicalidad peculiar. Esta le da un toque original a sus piezas al no caer en “convenciones para resolver ecuaciones musicales” según expresa Sarah Kaufman en una reseña que hizo para el Washington Post. Es esa musicalidad y esa capacidad para hacer cosas fuera de los canónes que le vienen inspiradas por eventos tan ordinarias como una llamada telefónica o alguien corriendo, lo que permite que sea capaz de convertir hasta la música de elevador, el bendito musak aburrido de siempre, en nada más y nada menos que arte.

También, es digno de señalar el que estas piezas tenían como protagonistas a mujeres, sobretodo cuando se considera que en las artes por lo general se habla de “grandes maestros” y el “padre” de tal o cual movimiento siendo los hombres quienes dominan el panorama cultural. En el trabajo de Graham y en la gestación de la danza moderna son las mujeres quienes hablan, quienes se quejan por su dolor y quienes se maravillan ante sus fortunas. De repente, la mujer es visible y partícipe del espacio público, lo que refleja los mismo cambios históricos que se gestaban en el momento como la ratificación de la enmienda 19 a la constitución estadounidense que le garantizó el derecho al voto a las mujeres al establecer el sufragio universal en 1920, tan sólo cuatro años luego de que Graham comenzará su educación formal en baile en la escuela Denisharm en California. Este elemento “feminista” de la creación de Graham no pasa inadvertido por la artista misma, quien le comentó en una entrevista a Waldemar Dante que “mi ballet representa el punto exacto entre lo corporal y lo espiritual, logrado con una disciplina estricta: tal cual viven las mujeres para subsistir. Por eso privilegio la danza antes que la música,










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