Volver

23 08 2011

Te fuiste.

Te fuiste y cambiaste de dirección, de número de teléfono, hasta de profesión.
Te fuiste y saliste corriendo. Del espanto, del dolor, del miedo constante, te fuiste pa’ no vivir en la perse, sin embargo te fuiste por miedo, por paranoia (justificada o no).

Y yo volví. Aquí. A joderme. A ver la playa. A sudar. A salir en shorts y minifaldas. Al lujo de las chancletas metede’os to’ los días. A no pasar un puto invierno más.

Y a aguantar las llaves como pezuñas de Wolverine. A sacar no cuatro, sino ocho ojos. A aceptar que un día de estos me voy a morir de un tiro, y el que haya tocado o no un arma en mi vida es irrelevante.

Pero también volví a bailar, y a comer. A abrazar la gente que no puede o no quiere irse. A hacer algo que se sienta relevante, que pulse sangre. A ver las lomas al lao del expreso, los árboles desde el elevado, las tantas cosas bellas que nos quedan.

Las tantas cosas bellas que nos quedan.

Te fuiste y yo regresé porque quize. Y tú, querías?

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Fuerzas huracanadas en el centro de todo

14 10 2009

Confieso: voy a cometer una infracción contra la propiedad privada. Le voy a pasar el rolo al copyright y tumbarme un status de facebook: ¨Es como un flashback de high school: a todos mis amigos: nos encontramos en Plaza y a ver lo que pasa¨.

Observo los eventos que se desenlazan en Puerto Rico ante el inminente paro general desde la distancia. Al menos, la distancia física. Me encuentro en Holanda, país donde a nuestros ojos (los boricuas, que de alguna forma extraña mi cuerpo se fragmenta y se vuelve cyborg globalizado con los pies en Amsterdam y los ojos en Puerto Rico) la libertad es ícono nacional.

Holanda el país de la droga, Holanda del sexo… y los gays. Holanda, también, el país de Anna Frank, la voz que quizás más alto pudo hablar (de una forma perversamente necrófila) contra el Holocausto. ¿Curioso no? Me encuentro, yo -boricua que no he hecho más que vivir en Puerto Rico- en Holanda, esto en un momento donde muchos puertorriqueños se sienten oprimidos por censura institucional (el cierre de la universidad del Estado), censura física (los multiples incidentes de macanazos en escuelas y centros educativos), censura estatal (el quitarle el ingreso a miles de personas, por tanto su medio de consumir y participar directa-y legalmente-en una economía y sociedad capitalista) y censura emocional (llamando a los disidentes terroristas y citando el Patriot Act tal cuales talibanes con ecos nebulosos a Guantánamo, y esto que ni hablo de los comentarios de Fortuño sobre como estaba el recogido de café disponibles para los puertorriqueños ¨que quieran trabajar¨, de forma que ni sentirse mal o quejarse por quedar desempleado es válido, es cosa de vagos y débiles).

Y en medio de todo esto, regresamos a Plaza, el centro de todo. El ¨mall¨ más grande del Caribe. A donde viajan hasta en avión los pobrecitos caribeños de las islas vírgenes para hacer compras ¨de verdad¨. Donde van los jóvenes a janguear, los viejitos a caminar, las jevas a modelar, los jevos a josear. Las madres a resolver todas las necesidades de la familia y escaparse de ellas a la vez. Plaza. Mi Plaza. Tu Plaza. Nuestra Plaza.

Plaza que mañana permanecerá cerrada.

¨No puedo creer, los Fonalledas solidarios?¨pregunta otro estatus en el ciberespacio facebookiano.

Solidarios…curiosa palabra. Implica la unión, y casi por definición, una unión que surge por empatía a pesar de la diferencia, no porque estemos todos en el mismo bando. La solidaridad es un puente emocional, una forma de subsanar nuestra soledad, melancolía e impotencia ante cosas que se salen de nuestro control. Cosas que últimamente tienden a empezar en letras mayúsculas: Estado, Iglesia, Nación. Pero si la solidaridad es un puente, ¿por qué necesitaría de verjas, de muros….de tormenteras? como las que están poniendo ahora mismo en Plaza. Para qué necesita poner una muralla (a lo frontera con México) quien es solidario.

No quiero ponerme cínica y paranoica pero quizás convendría recordar en este preciso momento que Rodríguez Ema, secretario de Estado y quien le arrebatara la cuestionable fama a Mr. ¨Such is life¨ al acusar a los dicidentes de terrorista, fue abogado y asesor financiero de los Fonalledas por mucho tiempo.

La gente no es bruta. Y con gente me refiero tanto a los Fonalledas (que sí, son gente también) como los demás. ¨Los demás¨, quienes quieran que sean, esa masa amorfa que se une ante al paro nacional, parece actual en coordinación aunque sin necesariamente estarlo. Nada más vale pensar en las protestas espontáneas en las escuelas a la hora del almuerzo, la protesta improntu frente a la oficina de trabajo estatal al recibir las infames cartas, y sí, hasta el huevo volador…quién dijo que hacían falta los sindicatos.

Ante las circunstancias a la gente no le ha dado la real gana de esperar hasta el 15, y eso asusta. Que la gente le dé con amarrarse a bancos, con acampar en medio de la calle, con protestar, con tirar, amenazar de muerte incluso… eso asusta. Pero lo más tenebroso es que se hace en lugares comunes.

Ya no se trata de la clásica demostración frente al capitolio. De la tradicional marcha a alguna institución gubernamental. La protesta no está localizada, delimitada por el Estado (o el sindicato) a un lugar particular. Hoy nos vamos a plaza, el centro de todo; lugar donde de alguna forma estraña los puertorriqueños diversos encuentran un lugar común. Un lugar que para muchos por mucho tiempo fue meramente lugar comodificado, sitio de consumerismo asociado con pasividad, ¨mamonismo¨ digamos.

Más la primera marcha contra la ley  7 fue en la Milla de Oro, y hoy nos vamos a Plaza. El lugar privado se vuelve público.  Como si se tratara de uno de nuestros peregrinajes cotidianos, pero de forma diferente, volvemos a los espacios comunes de nuestra vida diaria. Y así el lugar comodificado se vuelve harto incómodo. Desobediente. Desconfigurado, o quizás, hasta reconfigurado. La masa amorfa se vuelve multitud palpable.

Fuerzas huracanadas, indeed, soplan en el centro de todo.





La increible historia de Río Piedras, la Policía y la medalla que aprendió a volar

21 08 2009

Había una vez un país chiquitito. Se llama Bahía Sabrosa pero igual le podían decir Repositorio de Crisis. Había crisis económica, crisis de salud, crisis en educación, crisis en las aseguradoras que se vendían al mejor postor como pan caliente y hasta una universidad que poco a poco comenzaba a henchirse de un hedor a crisis también.

Un día, el príncipe hizo un anuncio: ¨No se beberá más después de las doce de la noche. El alcohol crea criminiladad y la criminalidad hay que acabar.¨ Zonaba a ¨mano dura¨, refrán de algún otro rey que salió, como dicen por ahí, medio fatulo. Había escepticismo, pero entre tanta crisis quién tiene tiempo, o cabeza, para prostetar por el derecho de la cerveza o más cultamente dicho, el valor del ocio y el libre albedrío.
Pero qué convenencia señores. A dos días del mensaje del gobernador, en el que anunciara su medida anti-alcohol, perdón, anti -criminalidad, a no, que para él son lo mismo, aparecen los guardias ¨en masse¨ por Río Piedras.

¨Se alega que violaron el Código de Orden Público¨ dijo la oficial de Prensa Mayra Ayala, código que establece que no se puede beber en las calles ni puede haber ¨exceso¨ de ruido.

Claro, porque en Río Piedras nunca hay barullo.

Porque la Avenida Universidad es, y siempre ha sido un paisaje bucólico pastoril como dirían los catedráticos de español. Porque no es una avenida colonizada por cuanto chinchorro (y más recientemente, barra trendy) pueda caber en ese espacio limitado…y hasta los que no caben milagrosamente aparecen también.Y claro, porque aún el realismo mágico tiene sus consecuencias, y a falta de cupo en los negocios que sólo por magia cupieron en la ahora infame avenida Universidad, la gente nunca se ha tenido que desparramar por las calles como leche que hierve a fuego caliente.

En ese mundo que nunca, jamás, ha existido (porque impensable es que en una zona universitaria hayan barras y juventud) aparece la policía a decir que hay exceso de ruido. Que no, chamaquito de mierda te estás dando la medalla con la pierna izquierda fuera del techo del negocio. No, que estás en la calle, que eso es ilegal. Que no vez que ya pronto ni salir vas a poder, a las doce como la ceniciente mi pana, puff! se acabó el cuento. Y si no te lo acabo yo.

Y voló la primera medalla.

Al parecer pasan muchas más cosas que la reproducción espóntanea de barras en esta mítica calle con afanes de avenida. Porque impensable es que la gente se hubiera sentido provocada, violentada, ante más de una veintena de hombres que vienen vestidos para la guerra… O para una intervención en la huelga telefónica. Con chalecos antibalas, con macanas. Con cuerpos que gritan: ¿tu quieres probar lo que es bueno, gusano? Con escopetas tira gases lacrimógenos.

Y poco a poco los hombres de la ley, los mantenedores de la paz, los defensores del orden, se alinean. Como fichas de ajedrez se acomodan detras de una línea imaginaria. El resto, la juventud, el pueblo, los deschalecados, al otro lado. Nada intimidante, nada aterrador el cómo un espacio familiar donde se va a relajar el estrés del día de repente se ha vuelto agresivo y hostil. Vibra de violencia y testorona de la mala.

Y surprise, surprise. Voló la segunda medalla. Y la tercera. Hasta que muchas aprendieron a volar en esta calle de enseñanzas. Y los gases y las macanas no esperaron a quedarse atrás.