De la sed y construcción (o no) de una sociedad: estrenos en el décimo aniversario de Andanza

4 11 2008

El teatro no estaba lleno, después de todo se trataba de una produccion de baile local y aunque podemos pagar $80 para ver a Pilobolus, $25 para Andanza es imposible. Pero bueno, déjame quitarme el cinismo de encima porque luego de ver “Andanza, una década de creación” en el Centro de Bellas Artes se me ha pegado un mood de esperanza en el quehacer artístico que no hay quien me lo tumbe. Primero que nada está el hecho: 10 años de existencia de una compañía de danza contemporánea que consistentemente presenta shows nuevos y que funciona a tiempo completo. Segundo está el espectáculo per se, en el cual curiosamente no se hizo un recorrido por las “mejores” o las “más características” piezas de la susodicha compañía sino que, de cuatro piezas, tres fueron estrenos, como quien no se va a quedar estancado en la nostalgia y vislumbra seguir explorando. 

Andanza siempre se ha destacado por tener muy buena técnica y una estética hecha para ser placentera, diferente en algunos aspectos pero siempre bonita. O sea un estilo lo suficientemente contemporáneo como para distinguirse de los esfuerzos “modernos” (yo diría más bien, pop) de compañías tradicionales como Ballet Concierto o Ballet de San Juan, y a la vez lo suficientemente reservados como para no tirarse las maromas “extrañas” de coreógrafas más experimentales como Petra Bravo o Viveca Vázquez. En ese sentido, el espectáculo siguió el canon de Andanza a la vez que presentó una serie de estrenos líricos en sus texturas pero políticos en las posibles lecturas que se les puede hacer considerando el cargado ambiente actual.

“Sed”, de Rodney Rivera, abrió el show representando una lucha impregnada de humanidad que bien podría ser profética. En la actualidad todo el mundo hablará del petróleo, de como sube o baja su precio, de las guerras que por él se han creado y de, bendito dios, que nos haríamos sin él – pero es el agua lo que se vislumbra como el próximo gran recurso por el que hay que velar. Y la sed, obviamente tiene connotaciones más que meramente físicas o literales, después de todo hay sed de muchas cosas en esta vida y la pieza aprovecha esta pluralidad semántica.

La pieza abre con bailarines que cargan cada uno candunguitos/vasitos evidemente vacíos y sin la codiciada agua que  goteaba golozamenete azul por la gran pantalla que cubría el escenario… y hasta la tarima. Poco a poco a partir de esa necesidad individual, biológica, que tenemos los humanos de beber se empiezan a formar relaciones: parejas que se disputan un vaso, parejas que se comparten el líquido preciado, y claro está, parejas más parejas hacen grupos. Pero como todos sabemos, una sociedad, por mas grupal que sea por definición su existencia, siempre tiene sus fracturas – los grupos, después de todo, están compuestos por individuos. Entonces, a través de las entradas y salidas de los bailarines se crea un ritmo increíble que nos deja ver los vaivenes de la vida – la nostalgia, el frenesí, la excitación.

Si bien el desarrollo del concepto no es increíblemente original (gente tiene sed, no sólo física sino también emocional,  y lo vamos a mostrar con contrastes entre azul de agua y tierra desierto) la manera que se trabajó fue tan genuina y la ejecución de los bailarines demostró tanta disciplina técnica y pasión artística a la vez que uno no podía más que conmoverse. Además para su mérito hay que mencionar que hubo parejas compuestas por mujeres solamente, y no en función de coro o mucho menos, sino que eran tan pareja como las tradicionales parejas de hombre y mujeres. Lo menciono porque si algo he notado de Andanza es que a pesar de que han roto muchas barreras en el baile local tienden a tener una rígida formación del trabajo en pareja como exclusivo entre hombre y mujer, con el hombre siempre cargando a la mujer. Fue chévere ver aunque sea una insinuación de un intento por empezar a trabajar otras configuraciones.

Por otra parte, como era de esperar, los otros trabajos fueron coreografeados por Lolita Villanúa y Carlos Iván Santos. Villanúa dirigió “Hora Pico” y ya podrán imaginar: tenía que ver con el estrés de la ciudad y como eso afecta las relaciones humanas, más una vez más aunque el concepto era adivinable la manera dinámica en que se trabajó incluyendo un uso del espacio casi estrictamente diagonal a partir de un fugaz rayo de luz que fue interesantísimo. Por no hablar de la música en vivo, una composición basada en la percusión que volvió la sabrosa clave salsera en un marcador estresante del tiempo en vez del signo lúdico de ocio, baile y botella con el que usualmente lo asociamos.

Santos presentó dos piezas. La primera fue “Recovecos” el único no estreno de la noche y la cual contaba con un vestuario de aeromozas futurísticas estilo del vídeo “Toxic” de Britney Spears… Me gustaría pensar que era un comentario sobre lo demasiado pop y prostituido en nuestra cultura, pero no quedo completamente definido. Curiosamente fue Santos también el que coreografeó lo que probablemente fue la pieza cúspide de la noche: “Viñetas”. En este trabajo Andanza aprovechó su capacidad para jugar con objetos y en esta ocasión se inspiraron en los cubos. Un cubo, a poco la unidad básica de cualquier cajita de legos porque con ella hacemos los edificios más altos, esos que después venía nuestro hermano mayor y destruía con despecho a fuerza de un manoplazo – así como el Big Brother de nuestra sociedad. Con los cubos se hacían edificios que los bailarines trepaban de maneras inesperadas, casi volando, escalando, resbalando: desde lo animal hasta lo etéreo todo estaba allí. Mas los cubos también se podían desmontar con los cuerpos casi como si estuvieran jugando un Jenga gigante.

Había un cubo por cada uno de los nueves bailarines y así cada cual decidía si en ese momento aportaba a la gran construcción del momento o si se apartaba del gran “edificio social”. Mas en medio de tanta euforia de construir y como construir resaltaba algo: la soledad de una iniciativa individual. La pieza empezó con una mujer sola bailando, literalmente en el spotlight en una esquina del escenario, era un baile que más bien era una lucha. Luego el vino el frenesí de la unión y desunión constante de los susodichos cubos formados por grandes cajas de madera. Finalmente cada bailarín coge su cubo, su única unidad geométrica en aquella sociedad y se va a dormir. Mas espera, en  la noche del baile que ya se acaba se levanta una mujer (¿acaso la misma que vimos luchando en soledad al principio?), mientras un hombre anónimo hace rodar el cubo/caja de esa mujer fuera del escenario como quien la quisiera desterrar. Pero no, ella se levanta y mientras el cubo rueda hacia fuera del escenario ella camina para adentro, como quien no se rinde antes las fuerzas que la arrastran, es la imagen literal, poderosa y clara de quien camina contra la corriente, con todos sus desbalances y malabares pero camina en fin hacia donde mejor entiende.

Y no pude evitar pensar en las elecciones que nos caen encima. Como se nos promete tanta villa y castilla, está todo allá arriba, montados los cubos uno sobre otro, y uno se siente que a poco los subes y bajas en tu constante devenir por la ciudad de nuestros días pero nunca realmente eres tú el que decide si se construye o no y cómo se va a construir, y entonces viene Andanza a empujar un cubito con un pie como quien no quiere la cosa e implicar que tu también puedes deconstruir ese edificio, y por supuesto, reconstruirlo.

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Cuarta Navidad de Andanza en el MAC

28 12 2007

 

 

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“Eleuther” (o el solo del coquí)

Gracias!

Los bailarines, con los músicos que tocaron algunas de las piezas, se despiden del público que lealmente espera, disfruta y los acompaña por cuarto año. El 16 de diciembre presentaron su tercera función, ésta vez siendo gratuita la entrada a el patio exterior del Museo de Arte Contemporáneo de Santurce.

La pieza Tras bastidores
La pieza Tras Bastidores

 

“Extremos”
“Extremos”

Fotos por Viviana Rivera Rondón