Paul Taylor: un bailarín por naturaleza

18 02 2009

En inglés existe la frase “he/she is a natural” para referirse a algún prodigio o persona con destrezas sorprendentes en un área. Al decir que es “un natural” se parte de que su habilidad viene por naturaleza o algo más que un alto entrenamiento,  o sea, nació con eso… o, para ponerlo en palabras más lorquianas, tiene “duende”. Y si algo resalta de la carrera de Paul Taylor es esa recurrencia en “lo natural”. Esto porque con un entrenamiento muy mínimo (a penas algunas clases en universidad) en el 1952 ganó una beca de trabajo para el Festival de Danza Americana donde “capturó la atención de gigantes del baile como Martha Graham, José Limón y Doris Humphrey” (biografía de PBS). Fue precisamente Graham quien poco después le invitara a unirse a su compañía, en la que sería solista por siete temporadas a partir del 1955.

Mas la vida de Taylor no siempre pareció un ascenso constante en lo que a las artes se refiere. Según le contó a Lisa Traiger del Washington Post de pequeño la guagua que lo llevaba de la escuela a la casa pasaba por una galería donde se daban clases de artes y su madre le dejó tomarlas hasta el día que pasó por allí y la maestra le dijo que su hijo era muy talentoso. En ese mismo instante, ella lo sacó de las clases:  “no quería un artista en la familia” indicó Taylor.

Paul Taylor, uno de los maestros de la danza moderna

Paul Taylor, uno de los maestros de la danza moderna

Mas durante este tiempo su trabajo no se limitó a la Compañía de Danza de Martha Graham, también trabajó con otros coreógrafos importantes comos Merce Cunningham y, como parte del New York City Ballet, con George Balanchine. Y aún dentro de esta cargada agenda Taylor encontró el tiempo, y la inspiración, para crear su propia compañía la cual tuvo su primer tour internacional en 1960, cuatro años después de haberla iniciado con un pequeño grupo de bailarines de Nueva York. Hoy en día, aún cuando se retiró como bailarín en el 1975 es considerado por la revista Time como “the reigning master of modern dance”.

 

 

A pesar de los deseos que pudiera haber tenido su madre, Taylor dejó su Pensylvannia natal para irse a estudiar arte en la universidad de Syracuse donde también se destacó como deportista en el campo de la natación. Fueron quizás estos dos elementos (dibujo y deportes) los que le dieron suficiente bagaje como para contar con la sensibilidad y fuerza que requiere la danza una vez empezó a cobrar interés en ella. Mas esto fue en cierto modo un accidente, algo que se dio por el flujo natural de las cosas, todo empezó con hacerle un favor a un amigo que necesitaba una pareja en una pieza, y, como se diría clichemente, “nada volvió a ser igual”.

 Quizás por esta aparente falta de entrenamiento en sus años de formación es que Taylor ha llegado a crear un estilo que sorprende a muchos por su ingenuidad, al punto de ser capaz de coreografiar bailes como “Esplanade” (1975) que Traiger describe como “una oda a caminar, brincar y correr que no incluye ni un sólo paso formal de baile”. Es esa misma ingenuidad en términos de los canónes formales del baile que permite no sólo que Taylor cree una pieza inspirada en algo tan ordinario como una muchacha corriendo para no perder su guagua (como en “Esplanade”), sino que tampoco discrimine en la música que utiliza.

Desde reggae hasta tango, Taylor se ha caracterizado por una toma de temas y melodías de la cultura popular americana para crear bailes en que resaltan la vigorosidad y el ritmo, siendo reconocido por su musicalidad peculiar. Esta le da un toque original a sus piezas al no caer en “convenciones  para resolver ecuaciones musicales” según expresa Sarah Kaufman en una reseña que hizo para el Washington Post. Es esa musicalidad y esa capacidad para hacer cosas fuera de los canónes que le vienen inspiradas por eventos tan ordinarias como una llamada telefónica o alguien corriendo, lo que permite que sea capaz de convertir hasta la música de elevador, el bendito musak aburrido de siempre, en nada más y nada menos que arte.

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Martha Graham y la subvención del canon

2 12 2007

Nunca tuvo hijos, pero se le conoce como la madre y gestora de uno de las más grandes revoluciones artísticas: la danza moderna. Martha Graham habrá nacido en el siglo diecinueve (específicamente en el 1894), pero su danza dió paso a una nueva concepción, incluso, se podría decir que a una reinvención de la danza: una danza que representaría las nuevas realidades del siglo veinte, dando paso así a la danza moderna.

Si bien Graham no fue la primera en romper con convenciones del ballet (anteriormente Isadora Duncan ya se había revelado contra las zapatillas y eran muchas las mujeres a principios del siglo veinte que exploraban nuevas formas de usar el cuerpo en movimiento) fue Martha Graham quien terminó sirviendo como punta de lanza para la danza moderna. Su estilo parecía violentar todo lo establecido en el canon del lenguaje del baile, esto a partir de contracciones violentas y un fuerte trabajo de piso, entre otras técnicas que contrario al ballet no le huían a manifestar fuerza, dolor, o erotismo en los movimientos, según han manifestado críticos como Terry Teachout de la revista Time. Todo lo contrario, en un artículo de Waldemar Dante publicado por la revista Vogue, se comenta que “se ha dicho que sus ballets están hechos con la emotividad que surge, no de la tranquilidad sino de la crisis, por eso su trabajo provoca controversias, porque nos obliga a un compromiso terrible tanto con nuestra realidad como con el drama personal de cada ser humano”.

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Por tanto, la danza que proponía Graham iba hacia una representación de las angustias internas, por encima de lo “bello” y “fluido”, rompía con toda la tradición que había establecido el ballet: un nuevo género se hacía presente, no elevándose por los cielos liviano y libre de preocupaciones, sino estremeciéndose a raz de suelo, inquieto con la realidad del momento. Graham propuso no solamente una nueva estética, una nueva forma de abordar el cuerpo en movimiento, sino incluso, una revisión de propiedades con respecto a las temáticas que debe abordar la danza. Este giro, no es enteramente casual, ya que Graham se muda a Nueva York en busca de fortuna como artista independiente en 1923, poco después de la Primera Guerra Mundial; y forma su propia compañía en la susodicha ciudad en 1929, exactamente el mismo año en que cae la bolsa en la Gran Manzana, marcando así el inicio de la Gran Depresión y el colapso económico más grande de la historia contemporánea que duró hasta entrado los 40’s.

Es precisamente en este periodo histórico en que los gloriosos años 20s no son más que una ilusión rota en medio del colapso mundial de los mercados, que Graham se establece como artista de renombre y compone algunas de sus piezas más célebres: Lamentation (1927), Frontier (1935), Letter to the World (1940), y Appalachian Spring (1944). En éstas se refleja la inquietud compartida por los movimientos artísticos de la época por crear un arte comprometido socialmente, tanto por no limitarse a temas liviano-románticos típicos de formas como el ballet, como por buscar entablar un lazo con la sociedad de donde y para quien se crea, de forma que refleje sus realidades y no las de un reducido grupo privilegiado. Por ello, no es de extrañar que dos de estas piezas, Frontier y Appalachian Spring, tengan como protagonistas a pioneros, remitiendo así a las raíces culturales de los Estados Unidos en vez de a la tradición cultural europea como lo hacía el ballet.

Además, se hacía vigente en estas piezas las ansias por nuevas formas de comunicar, que respondieran a las realidades del cambiante e inesperado mundo en que se vivía: como en Lamentation donde se manifiesta la angustia de una mujer a quien sólo se le ve la cara, pues todo su cuerpo está cubierto en una especie de tubo de tela, o como en Letter to the World, en la cual se integraba un texto hablado a la presentación danzada, presagiando así las tendencias multi-medio y multi-género del performance actual.

También, es digno de señalar el que estas piezas tenían como protagonistas a mujeres, sobretodo cuando se considera que en las artes por lo general se habla de “grandes maestros” y el “padre” de tal o cual movimiento siendo los hombres quienes dominan el panorama cultural. En el trabajo de Graham y en la gestación de la danza moderna son las mujeres quienes hablan, quienes se quejan por su dolor y quienes se maravillan ante sus fortunas. De repente, la mujer es visible y partícipe del espacio público, lo que refleja los mismo cambios históricos que se gestaban en el momento como la ratificación de la enmienda 19 a la constitución estadounidense que le garantizó el derecho al voto a las mujeres al establecer el sufragio universal en 1920, tan sólo cuatro años luego de que Graham comenzará su educación formal en baile en la escuela Denisharm en California. Este elemento “feminista” de la creación de Graham no pasa inadvertido por la artista misma, quien le comentó en una entrevista a Waldemar Dante que “mi ballet representa el punto exacto entre lo corporal y lo espiritual, logrado con una disciplina estricta: tal cual viven las mujeres para subsistir. Por eso privilegio la danza antes que la música, la danza es esencialmente femenina”.

Por tanto, Graham promovió toda una revolución artística tanto en términos de forma y estética como de temática y personajes dignos de representación. Para los efectos, su representación como la “madre de la danza moderna” o de la danza americana, responde no necesariamente a que fuera la primera en comenzar a romper con ciertos cánones de la danza, sino por ser quien con más empeño, fiereza y disciplina propusiera algo nuevo e introdujera a través de su danza y su compañía (que aún existe) toda una subversión del canón y los géneros establecidos para crear un lenguaje que viniera desde adentro y reflejara la realidad interna. Porque a final de cuentas “los brazos y las piernas pueden ser usados para manipulaciones y traslados, la cabeza para decisiones y juicios. Pero todo, cada emoción, se hace visible primero en el torso. El corazón late y el pulmón se llena, allí está el aire y con el la vida” ligando eternamente la danza con la realidad misma de la existencia humana.